domingo, 14 de julio de 2013

De iglesias e infancias.

Desde que tenia 6 años voy a Misa. O más bien me llevan, conocen a las madres siempre quieren inculcarnos buenos valores. Que mejor que hacerlo llevándome a la iglesia. Mientras iba creciendo las expectativas de mi madre sobre eso iban a la par. A los 8 años llego un momento en que ir a la iglesia no era suficiente; me inscribió a un cursillo de catequesis.

Me preparé para celebrar mi comunión. Después de eso continuaba yendo a los cursillos y a misa por inercia, 3 años después celebre mi confirmación. Y tuve un pequeño respiro pero siempre encontraban la forma de convencerme de ir aun cuando mis excusas parecían muy convincentes...

— ¿Vamos a la iglesia?
— No, soy ateo.
— Irá la niña que te gusta... 
— Hoy es día del señor, ¿a qué hora pasas por mi?

Cuando entre a la secundaria mis días en la iglesia se vieron sesgados, aun cuando una profesora me insistia a que me uniera al seminario menor. Y no volvi a pisar una iglesia hasta que llegaron a mi ciudad los Retiros Espirituales, prometo hablar sobre eso dentro de no mucho tiempo.

 

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